El ascensor lleva dos semanas "en reparación". Vivo en quinto. Subir y bajar con la compra o con maletas es una odisea. La comunidad dice que esperemos. Ya.
Entre hombres en Portugal es normal darse un abrazo al saludar. En España más la mano. Los dos besos entre mujeres: en Portugal suelen ir derecha-izquierda, en España a veces al revés según la zona. Pequeño detalle pero evita el choque de mejillas.
Atiende con la mirada en la pantalla. Te pide papeles. Ni un buenos días. Cuando termina dice siguiente. No es malo. Es que está en otra. Pero duele ser un número.
No es depresión. Es domingo. Ese momento en que el finde se acaba y el lunes asoma. Lo conozco. Lo he vivido cientos de veces. Sigue siendo igual de desagradable.
Llegué a las 8. Abrían a las 9. A las 12 me atendieron. Me dieron un papel que podría haber descargado de internet. Pero no. Había que venir. Perdí la mañana.
Sabes que necesitas lavarte el pelo; el sofá dice espera. Pasan veinte minutos convertidos en una hora. Al final te metes rápido, sales renovada como mentira piadosa. Es relatable de resistencia al agua. Piensas que adultez no es amar higiene; es ejecutarla. El día a día incluye estas guerras ridículas contra uno misma. Ganas a medias y suficiente. El pelo queda decente; el alma sigue cansada; todo encaja en normalidad humana sin filtros de anuncio de gel de baño.
Teclea como si quisiera romper el teclado. Habla por teléfono sin cascos. Mastica fuerte. Los tapones ayudan pero no debería hacer falta. Un día le diré algo.
Entra familia con duelo; el ascensor se llena de silencio respetuoso. Nadie mira el móvil con risa. Bajáis sin hablar. Es convivencia grave, la que importa. Sales y piensas en la vida breve y en la cortesía como red. A veces convivir es bajar la voz del mundo entero un minuto porque alguien lo necesita más que tú necesitas entretenimiento. El ascensor abre y el aire entra frío y serio, y tú caminas con gratitud por no haber estropeado ese espacio.
Llevabas lista mental; en el sillón solo dices “cansancio”. Sales y recuerdas tres cosas importantes. Es relatable de ansiedad clínica. Piensas que el cuerpo se calla bajo foco blanco. A veces mandas mensaje después; a veces esperas. El día a día de salud es imperfecto; el sistema también. No eres mala paciente; eres nerviosa. La próxima vez llevas papel como niña aplicada. Igual olvidas leer el papel; humanidad completa, con co-pago y con risa floja en el ascensor.
Lo pedí con tiempo. La cita era dos meses después. Cuando llegó el día el justificante tenía validez de 30 días. Ya no servía. Tuve que pedirlo de nuevo y otra cita. Un círculo.
Hay dos colas. La de con cita va rápido. La sin cita no se mueve. Pedí cita. La más cercana en seis semanas. Mientras tanto no puedo hacer el trámite. Catch-22.
La pides con caña y aceitunas, en ración que parece pequeña y no lo es. Está fría, cremosa, con zanahoria en cubos perfectos como mentira bonita. Comes de pie, mirando la calle. Es comida de vermut, de tarde que empieza sin prisa. El pan limpia el plato con devoción. Sales con hambre aplacada y ganas de seguir charlando. La ensaladilla une generaciones en bar: abuelos, jóvenes, todos mojando igual. Es tapeo suave, casi nostalgia mayonesa.
Salta el aceite, te quemas un poco, sigues removiendo con miedo respetuoso. El ajo se dora y el pollo chilla en el buen sentido. Abres ventana y el vecino sabe que cocinas. Es comida de olor fuerte y sabor claro. Comes con pan para no dejar salsa, obvio. El plato no es bonito; es honesto. Sales de la cocina oliendo a fiesta pequeña. A veces comer es aceptar salpicaduras a cambio de un bocado que sabe a domingo cualquier día.
Miras desde campo y el horizonte se pliega en capas dramáticas. El viento sube, el trigo ondea si hay, los árboles susurran más fuerte. No llueve aún; es expectativa. Es naturaleza cinematográfica sin banda sonora, solo aire cambiante. Entras en coche justo cuando cae primera gota. Piensas que ver tormenta nacer es recordatorio de escala: tus problemas se vuelven miniatura un minuto honesto. El cielo hace su trabajo sin pedirte opinión.
Hay un truco invisible en tu ventana: si tiras del cordón con demasiada fe, la persiana protesta como si fuera personal. Has aprendido el gesto exacto, casi muscular, el mismo que usaba quien vivía aquí antes. Afuera cambia el tiempo, pero tu ritual no: un tirón suave, un segundo de silencio y luego la luz entra en diagonal. Da tranquilidad dominar al menos un mecanismo en un mundo acelerado; a veces la vivienda es lo único que responde como esperas.
Subes con alguien que no conoces y los dos miráis el número de planta como si fuera oráculo. Un “buenas” basta; no forzáis charla porque el espacio es pequeño y el aire, educado. Llega su piso, se baja, te quedas sola con alivio suave. No es frialdad; es respeto al límite ajeno. La convivencia en bloque empieza en esos diez segundos donde cada uno decide cuánto mundo mostrar. A veces basta no oler mal y no pegar el codo: ya es mucho.