Hogar que huele a comida de vecinos y a tuya mezclada
Abres la ventana y entra olor a sofrito ajeno mezclado con el tuyo: ciudad en modo cocina. No te molesta; te sitúa. Piensas en qué habrá cenado alguien tres plantas arriba mientras remueves tu cazuela. La vivienda comparte aire y apetito sin pedir permiso. Es intimidad colectiva leve, casi hogareña a escala de edificio. Cierras ventana y tu olor gana por un rato. El piso queda con firma propia otra vez, hasta la próxima corriente que traiga la vida de los demás.