Three weeks in Australia. Sydney first – the harbour, the bridge, the beaches. Australia has this laid-back vibe that hits you right away.
Then we flew to Melbourne. Coffee and street art. Australia's culture capital. Great Ocean Road – Twelve Apostles. Australia's coast is insane. We did the Great Barrier Reef from Cairns. Australia's wildlife is wild. Literally. Snorkelling with turtles and fish.
It's not a cheap trip – accommodation and food add up – but we saved and it was worth every dollar. Kangaroos on the road at dusk. Australia is huge. We barely scratched the surface. The people in Australia are so friendly. BBQs and beaches.
Australia exceeded every expectation. Can't wait to go back to Australia. Australia has it all. Sun, sea, nature, cities.
Drove around Ireland for ten days. Started in Dublin. The green in Ireland is unreal. Every turn in the road. Ireland has this mood – rain and sun and rain again. Pack a good jacket.
Guinness tastes better in Ireland. Fact. We did the factory tour. Then west – Galway and the Cliffs of Moher. Ireland's coast is dramatic. The countryside in Ireland is where it's at. Sheep and stone walls. We did the Ring of Kerry. Ireland in spring is green and empty.
Dublin was expensive for hotels – we stayed a bit out and drove. The people in Ireland are the best. Pubs and stories every night. Ireland is magical. Music and laughter. Already want to go back to Ireland. Ireland has my heart. Can't recommend Ireland enough.
Veo la crisis de Ormuz y siento una contradicción enorme: sabemos que el modelo fósil es inestable, caro y geopolíticamente frágil, pero seguimos atados a él. Mi preocupación es que usemos esta tensión solo para buscar más petróleo rápido, en vez de acelerar renovables y ahorro serio. Mi opinión: seguridad energética y acción climática no compiten; van juntas. Cada euro que reduce dependencia hoy evita sustos como este mañana.
El centro y Eixample están por las nubes. Poblenou, Gràcia y Sants tienen buen ambiente y algo más de oferta. Badalona y Hospitalet son más baratos pero ya fuera del núcleo. Para teletrabajar, Gràcia o Poblenou suelen ser un buen equilibrio.
Se me rompió el móvil. Doscientos euros. No los tenía. Tuve que pedir. El sueldo va justo para lo fijo. Cualquier cosa extra es un drama. Así no se puede vivir.
Caminas y cada paso cruje como cereal fino. El sol sube y la escarcha se convierte en brillo fugaz. Las hojas congeladas se quiebran con sonido delicado. Es naturaleza frágil de mañana. Sales con dedos entumecidos. Piensas que la helada transforma lo común en cristal breve: belleza que dura hasta que el día calienta. Te gusta esa ventana corta donde el mundo parece frágil y bonito a la vez, antes de que el barro vuelva a ser solo barro otra vez.
Llegan dorados, con limón que pides aunque ya venga implícito. Muerdes: crujiente afuera, tierno adentro. La mayonesa opcional divide la mesa y da igual. Es comida de terraza, de sal, de cerveza helada. El aceite deja huella en los dedos y en el ánimo. Pagas por el sitio y por el ruido agradable. Sales oliendo a freidora feliz. España entiende que el mar frito es celebración pequeña, casi diaria si el cuerpo pide y el presupuesto deja.
Nunca he siniestrado. Cada año la renovación va más cara. Llamo y dicen que es el sector. Cambié de compañía. El primer año bien. Al segundo otra subida. No hay escapatoria.
Abres la nevera y el inventario es honesto: huevos, queso medio raro, cebolla si hay suerte. Haces una tortilla o un revuelto que salva el día sin postureo. Comes en el sofá con tenedor y serie floja. No hay vino caro ni plato bonito; hay hambre resuelta con calor. Es comida de adulto cansado que aun así se cuida lo justo. El sabor es simple y el alivio es grande: cerrar el día con algo caliente en el estómago y sin culpa de delivery.
En la mesa hay ensaladilla, croquetas, algo asado que huele a domingo. Alguien suelta un comentario y la conversación sube un tono, pero el pan une. Se comen segundos para cambiar de tema. Es comida compartida con tensión cálida, la de las familias que se quieren aunque no piensen igual. Al final quedan platos vacíos y risas flojas. Te das cuenta de que la mesa aguanta más de lo que crees: comida como pegamento imperfecto pero verdadero.
Lo pides en una taza ancha y lo mojas con churros o con palmera de supermercado sin complejo. El chocolate pesa, calienta manos y alma. Es comida postre disfrazada de plan principal. Afuera hace frío; adentro estás derretida de bienestar. Sales con azúcar en la boca y energía de niña. A veces comer es volver a una versión más simple de ti. El camarero te mira con complicidad: sabe que este pedido es terapia líquida con canela opcional.
No hay arena fina; hay cantos que la ola empuja y suena como trueno pequeño. Caminas incómoda pero fascinada. El agua sube fría a tobillos. Es naturaleza sonora distinta. Recoges piedra lisa y la dejas: recuerdo sin robo. Sales con piernas cansadas de equilibrio. Piensas que las playas de guijarro enseñan oído: el mar cambia instrumento. Te gusta el ruido rodante, casi ASMR gigante, mezcla de agua y piedra discutiendo sin fin.
Antes el de molde estaba a menos de un euro. Ahora el barato pasa de 1,20. La barra en la panadería 1,50. Como todos los días. Noto la diferencia a final de mes.
Elegí la caja que parecía más rápida. Error. Delante había una con el carro lleno y cupones. Veinte minutos. Mientras tanto la que había dejado atrás ya iba por la mitad. La vida es así.
No es siempre, pero hoy sí: arroz meloso que pide cuchara hondo, bogavante que impone respeto visual. Comes despacio, manchas camiseta, mojas pan. Es comida de celebración seria, de mar concentrado. El arroz se pega al fondo y peleas por el socarrat con dignidad perdida. Pagas caro y lo sabes; lo vale por el sabor y por el gesto. Sales oliendo a ajo marino y con sensación de haberte dado un capítulo especial en medio de la rutina.
Te alejas diez minutos de luces y el arco aparece como sombra lechosa. No es foto perfecta; es ojo humano ajustándose. El silencio pesa bien. Ves satélite pasar como punto serio. Es naturaleza cósmica accesible sin telescopio caro. Sales con cuello dolorido y felicidad tonta. Piensas que mirar arriba largo rato es ejercicio de humildad: problemas se achican bajo tanta distancia. Los mosquitos también te recuerdan que sigues en cuerpo, no en idea pura.
Two weeks in Thailand. Bangkok, Chiang Mai, and the islands. Thailand is cheap and the food in Thailand is amazing.
In Bangkok one tuk-tuk driver “forgot” to use the meter – we agreed a price first next time. Small lesson.
Temples and beaches and street food. Will return to Thailand for sure.
Sumé gastos. Resté del sueldo. Faltan cincuenta euros. No sé dónde se fueron. Pequeños gastos. El café. El bono. Cosas que no anoté. El dinero se esfuma.
La pides con caña y aceitunas, en ración que parece pequeña y no lo es. Está fría, cremosa, con zanahoria en cubos perfectos como mentira bonita. Comes de pie, mirando la calle. Es comida de vermut, de tarde que empieza sin prisa. El pan limpia el plato con devoción. Sales con hambre aplacada y ganas de seguir charlando. La ensaladilla une generaciones en bar: abuelos, jóvenes, todos mojando igual. Es tapeo suave, casi nostalgia mayonesa.
Salta el aceite, te quemas un poco, sigues removiendo con miedo respetuoso. El ajo se dora y el pollo chilla en el buen sentido. Abres ventana y el vecino sabe que cocinas. Es comida de olor fuerte y sabor claro. Comes con pan para no dejar salsa, obvio. El plato no es bonito; es honesto. Sales de la cocina oliendo a fiesta pequeña. A veces comer es aceptar salpicaduras a cambio de un bocado que sabe a domingo cualquier día.
Miras desde campo y el horizonte se pliega en capas dramáticas. El viento sube, el trigo ondea si hay, los árboles susurran más fuerte. No llueve aún; es expectativa. Es naturaleza cinematográfica sin banda sonora, solo aire cambiante. Entras en coche justo cuando cae primera gota. Piensas que ver tormenta nacer es recordatorio de escala: tus problemas se vuelven miniatura un minuto honesto. El cielo hace su trabajo sin pedirte opinión.
Hay un truco invisible en tu ventana: si tiras del cordón con demasiada fe, la persiana protesta como si fuera personal. Has aprendido el gesto exacto, casi muscular, el mismo que usaba quien vivía aquí antes. Afuera cambia el tiempo, pero tu ritual no: un tirón suave, un segundo de silencio y luego la luz entra en diagonal. Da tranquilidad dominar al menos un mecanismo en un mundo acelerado; a veces la vivienda es lo único que responde como esperas.
Subes con alguien que no conoces y los dos miráis el número de planta como si fuera oráculo. Un “buenas” basta; no forzáis charla porque el espacio es pequeño y el aire, educado. Llega su piso, se baja, te quedas sola con alivio suave. No es frialdad; es respeto al límite ajeno. La convivencia en bloque empieza en esos diez segundos donde cada uno decide cuánto mundo mostrar. A veces basta no oler mal y no pegar el codo: ya es mucho.