After a few years abroad "home" can feel split. You miss people and places from where you came but you've built a life somewhere else. Normal to feel in between. Doesn't mean you have to choose forever. You can have more than one place that feels like home.
Drove around Ireland. The green in Ireland is unreal. Dublin was fun but the countryside in Ireland is where it's at. Guinness tastes better in Ireland.
No estás enferma del todo, pero sí cansada, y la sopa de sobre es abrazo líquido rápido. La hierves, huele a pollo inventado y funciona. Comes en taza grande con cucharón. Es comida de cuidado mínimo, casi terapia doméstica. No presume ingredientes; presume calor. A veces cocinar es demasiado y está bien acortar camino. El estómago agradece y la cabeza también: menos decisiones, más recuperación. Cierras el fogón y te tapas: día resuelto lo justo.
Just got back from a week in Spain. Madrid first – the people were so welcoming and we did tapas every night.
Only downside: La Rambla in Barcelona was packed and I had to watch my bag. Worth it though.
The food in Barcelona was incredible. Already planning to go back to Spain next year. Spain really has it all.
Cortas melón, sandía, kiwi si hay, manzana con limón para que no se ponga fea. Viertes zumo de naranja y mezclas con cuchara grande. Frío de nevera, cucharadas de verano en cualquier estación. Es postre ligero que finge virtud y es realmente rico. Comes en bol viendo serie. A veces comer es preparar color sin cocinar mucho, solo paciencia con cuchillo y ganas de algo fresco. El zumo deja sabor cítrico que une todo como abrazo frutal.
Te dan un trozo envuelto en papel y huele a horno aunque ya esté templado. Comes con las manos, con atún o con mejillones según toque. Es comida de carretera, de visita, de “te llevo algo”. El repollo crujiente, la masa dorada: texturas serias. No necesitas cubiertos; necesitas hambre y un sitio donde sentarte un minuto. La empanada es abrazo portátil. Sobran migas en el regazo y risas por la cantidad de relleno, siempre generoso.
Llegan calientes, con rebozado fino, limón que escupe al apretar. Muerdes y el aceite te salpica como firma. Comes con cerveza y servilletas insuficientes. Es mar frito en modo fiesta, ruido de bar, risas cercanas. Pagas y sales oliendo a freidora feliz. Las rabas enseñan que lo bueno puede ser desordenado. A veces comer es aceptar manchas a cambio de sabor inmediato, de sal, de limón que te limpia la boca entre bocado y bocado.
Sales a la terraza y hay media curva pálida sobre tejados. No es perfecto; es real. El aire huele a polvo mojado y asfalto caliente. Los vecinos comentan desde balcones sin conocerse del todo. Es naturaleza urbana: fenómeno compartido, casi fiesta breve. Haces foto y también miras. Piensas que el arcoíris es promesa barata que aun así funciona: color después de gris, risa después de refugio. El día sigue, pero un minuto fue bonito sin esfuerzo tuyo.
El agua lleva tierra, espuma marrón, ramas que viajan rápido. El puente vibra un poco con el peso del paso. Miras desde arriba con respeto: fuerza real. Es naturaleza en modo crecida, casi amenaza suave. No te acercas al borde resbaladizo. Sales con viento frío en cara. Piensas que el río crecido enseña poder contenido: normalmente manso, a veces desborda límites humanos. Te recuerda que el tiempo lluvioso no es solo molestia; es hidrología visible y ruido profundo.
La pides con caña y aceitunas, en ración que parece pequeña y no lo es. Está fría, cremosa, con zanahoria en cubos perfectos como mentira bonita. Comes de pie, mirando la calle. Es comida de vermut, de tarde que empieza sin prisa. El pan limpia el plato con devoción. Sales con hambre aplacada y ganas de seguir charlando. La ensaladilla une generaciones en bar: abuelos, jóvenes, todos mojando igual. Es tapeo suave, casi nostalgia mayonesa.
No es todos los días, pero hoy sí: pulpo con pimentón y aceite, patatas cocidas que hacen de cama. Lo comes despacio, casi ceremonia. El sabor es mar y tierra a la vez, sal sin agresión. Pagas más que en el menú del día y no te arrepientes: a veces comer es celebrar que aguantaste la semana. Sales con sabor a ajo suave y sensación de lujo razonable. No necesitas ostentación; necesitas un plato que te diga “bien hecho” con paprika.
Te lo comes caminando o apoyada en una barra, con mayonesa en la comisura y cero glamour. El pan cruje, el calamar va tierno, el limón lo miras y decides no complicarte. Es comida de ciudad que no necesita mesa para ser plato fuerte. Pagas poco, manchas un poco, sigues el día con energía nueva. A veces España se resume en esto: un bocadillo honesto, una cerveza opcional, y la sensación de que el mundo puede esperar diez minutos más.
Went to pay a fee and they said there's a surcharge for card. In 2025. Cash or bank transfer to avoid it. I went home and did it online instead. What a carry-on.
Remueves harina tostada con agua, ajo, sal, hasta que espesa como promesa de siesta. Sirves con tropezones de torrezno si hay. Es comida de fuerza, de invierno interior, de cuchara que se sostiene sola. No es ligero; es verdad. Comes despacio y bebes agua. El sabor es tostado, profundo, casi campo. A veces comer es volver a lo ancestral sin romanticismo exagerado: solo harina, fuego, sal, y la sensación de haber comido piedra buena.
Salta el aceite, te quemas un poco, sigues removiendo con miedo respetuoso. El ajo se dora y el pollo chilla en el buen sentido. Abres ventana y el vecino sabe que cocinas. Es comida de olor fuerte y sabor claro. Comes con pan para no dejar salsa, obvio. El plato no es bonito; es honesto. Sales de la cocina oliendo a fiesta pequeña. A veces comer es aceptar salpicaduras a cambio de un bocado que sabe a domingo cualquier día.
Miras desde campo y el horizonte se pliega en capas dramáticas. El viento sube, el trigo ondea si hay, los árboles susurran más fuerte. No llueve aún; es expectativa. Es naturaleza cinematográfica sin banda sonora, solo aire cambiante. Entras en coche justo cuando cae primera gota. Piensas que ver tormenta nacer es recordatorio de escala: tus problemas se vuelven miniatura un minuto honesto. El cielo hace su trabajo sin pedirte opinión.
Hay un truco invisible en tu ventana: si tiras del cordón con demasiada fe, la persiana protesta como si fuera personal. Has aprendido el gesto exacto, casi muscular, el mismo que usaba quien vivía aquí antes. Afuera cambia el tiempo, pero tu ritual no: un tirón suave, un segundo de silencio y luego la luz entra en diagonal. Da tranquilidad dominar al menos un mecanismo en un mundo acelerado; a veces la vivienda es lo único que responde como esperas.
Subes con alguien que no conoces y los dos miráis el número de planta como si fuera oráculo. Un “buenas” basta; no forzáis charla porque el espacio es pequeño y el aire, educado. Llega su piso, se baja, te quedas sola con alivio suave. No es frialdad; es respeto al límite ajeno. La convivencia en bloque empieza en esos diez segundos donde cada uno decide cuánto mundo mostrar. A veces basta no oler mal y no pegar el codo: ya es mucho.
Dejan espacio para tu libreta; no ponen coderas en tu zona. Es convivencia estudiantil adulta: concentración compartida. Si alguien susurra demasiado, otro pide bajar con educación. Piensas que rendir en público requiere microcontratos invisibles. Sales con páginas leídas y con menos odio al mundo. A veces convivir es no comerse el espacio del otro con mochila, con drama, con conversación de teléfono en altavoz.