Puerta de entrada que chirria como saludo
Tu puerta tiene un chirrido que identifican hasta en el rellano: tu firma sonora. Cada vez que vuelves, ese sonido marca el borde entre calle y refugio. Piensas en engrasarla y lo pospones porque ya es ritual. Entras, dejas las llaves en el cuenco que nunca quisiste comprar y respiras. La vivienda es eso también: detalles imperfectos que te anclan. No es perfección; es continuidad modesta, un “sigo aquí” cada tarde.