Comprar cosas saludables y acabar en patatas
En el súper pones brócoli con fe; en casa atacas bolsa crujiente. No es drama; es cuerpo pidiendo consuelo. Te ríes de ti misma sin crueldad extrema. Es relatable de intención versus hambre emocional. Piensas que comer bien es proyecto largo, no cada noche. El día a día nutre con pragmatismo: a veces verdura, a veces sal. Mañana será otro capítulo honesto. Duermes sin juicio de revista; el estómago está lleno y el alma un poco también, aunque sea con aceite.